Me Quedé sin Palabras


Conducía por una calle de la ciudad de Guatemala, cuando vi hacia arriba. En una terraza había un perro. Desesperado por el calor de mediodía, el pobre animal caminaba. Se pasaba a la cornisa de la otra casa, jadeaba y podía verse su desesperación.

No pude seguir, paré y me dije quizá los dueños no se dan cuenta y toque la puerta. Nadie abrió. Decidí dejar una nota. Cuando lo hacía la puerta del carro se cerró. Llaves, teléfono todo adentro.

Justo, cuando con mi cara de asustada decía ¿Y ahora qué hago Dios? Los dueños del perro salieron de su casa. Decidí hablarles y con calma les pedí que tuvieran compasión del pobre perro. Era una pareja, el hombre se justificó, la mujer dijo que tenía razón. Pero al final caminaron hacia una tienda cercana. No hicieron nada por el pobre animal y yo… con el carro cerrado.

Pasó un joven y después de explicarle lo que me había sucedido, le pedí que me regalara una llamada, para pedir ayuda. Con amabilidad me dejó llamar. Sin embargo, a veces Dios no permite que la ayuda llegue de dónde la esperabas, para que conozcas su poder y soberanía.

El tiempo pasaba y la ayuda que pedí no llegó. En la tienda había un  policía, le pedí ayuda. Trato, pero, no pudo. Entonces le pedí prestado su teléfono, pero, me dijo que no tenía saldo.

Quise comprarle una recarga y nos dirigimos a la tienda, pero, el tendero no vendía para la compañía de celular que le daba el servicio al policía. Le pedí a él que me ayudará, pero, no quiso, esto, a pesar que también le ofrecí comprarle una recarga, para su móvil, que sí era la empresa de telefonía que vendía.

Entonces, el policía me dijo ―venga seño, le voy a hablar a un mecánico que vive por aquí. Nos dirigimos a una casa. El mecánico dijo que sí me ayudaría, pero, agregó que cuánto le pagaría. Le pregunté que cuánto quería. Pidió una cantidad que era más de lo que cobraría un cerrajero.

Le agradecí y decidí llamar al cerrajero -cuando encontrara un teléfono-. Pero, me dijo vamos a ver y luego hablamos. Le  di las gracias, con la previa que no me era posible pagarle la cantidad que pedía. Caminó con un desarmador y un alambre en mano hacia mi carro.

Cuando con el destornillador se disponía a levantar la pestaña del carro, le pregunté si no había otra forma, porque luego tendría que repararla. Su respuesta fue ―yo hago estas reparaciones, nos podemos arreglar cuando termine.  Al oír eso, pensé, este hombre se quiere aprovechar y de alguna forma obtener alguna ganancia. Entonces le pedí que no lo hiciera y le agradecí de nuevo.

Se enojó y caminó hacia su casa, cuando iba a cruzar la calle, le pedí que me dejara al menos el alambre. No quiso. Le insistí y regreso y me lanzó el cable y logré cacharlo. En ese momento, atrás de mí carro se parqueó una camionetilla. Yo pensé ―quieren entrar al parqueo de su casa y mi carro está frente a él. Así que fui y les explique el problema, a la vez que me disculpaba.

Era una familia y me dijeron ―no tenga pena, no somos de aquí, de la capital. Estamos haciendo una llamada, porque venimos a ver a unos amigos y nos perdimos (sic).  Con esa aclaración me despedí  y decidí ver que tan diestra podía ser para abrir un carro.

Oré y dije: ―Jesús, Tú tienes que abrir este carro, sino tendré que caminar y buscar un teléfono público y conseguir algún cerrajero. Después de 5 minutos de batallar con el alambre, el señor de la camionetilla se acercó y me dijo la voy a ayudar.

Me explicó que las puertas de los carros se expandían si se habría de la esquina superior de la ventana y que haría eso, para luego meter el alambre y levantar el seguro del vehículo.

Yo escuchaba su explicación, a la vez que me hablaba, se inclinó y pego su cara al vidrio, para ver donde estaba el cierre. Entonces vio las llaves del carro sobre el asiento del copiloto.

Me vio y me dijo, mejor sacaremos las llaves. No sé que pasó, pero, me sentí tranquila que lo hiciera. Así que, con desarmador en mano empezó a abrir la esquina superior de la ventana. Su hijo de unos 14 años, metió una chumpa, para que funcionara como una cuña y no regresara la puerta y yo introducía el alambre.

En ese momento, no sé de dónde, apareció un joven que decía déjeme ayudarles y me pagan algo, para que así pueda comer. Yo le dije, gracias, pero, ahora no señor.

Por 10 minutos más, el señor movía el cable y yo con mi cara pegada al vidrio le daba instrucciones hacia donde. Mientras lo hacíamos y escurríamos en sudor, el joven no dejaba de hablar, yo pensaba Jesús esto es algo surrealista y luego, volví a pensar en el pobre perro, bajo ese calor.

¡Lo logramos! las llaves pasaron y justo la puerta se expandió y luego regresó a su posición normal. Mis palabras de agradecimiento no paraba en mi boca y luego les dije: Déjeme agradecerle a su esposa también. Ella había, pacientemente, había  esperado dentro de su carro.

Ambos padre e hijo ingresaron al vehículo. Me acerqué a la ventana y le agradecí a la señora. Ella me dio la típica respuesta chapina: No tenga pena, un gusto.

Volví a agradecerle al señor que, ya había encendido el carro, y  me respondió nos vamos, ya sabemos dónde está la casa de nuestros amigos. Yo volví a agradecerles y entonces me dijo ―¡Sí! Me dijo esas palabras que me dejaron a mí sin ellas: ―“No tenga pena, nosotros servimos a Dios”.

Se marcharon. Con sus manos se despidieron de mí y yo no supe que decir. Solo cuando subí a mi carro pude alabar a Dios y hasta hoy, sigo sin palabras para responder.

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